De la crisis de la poesía amorosa

Árbol y nube
Árbol y nube. Foto: Gustavo Pérez
Imagen: Gustavo Pérez

Más allá de mi piel y más adentro/ de mis huesos he amado, he amado./ Más allá de mi boca y sus palabras,/ del nudo de mi sexo atormentado./ Yo no voy a morir de enfermedad/ ni de vejez, de angustia o de cansancio./ Voy a morir de amor, voy a entregarme/ al más hondo regazo. (Rosario Castellanos)

Como confirman estos conmovedores versos de la escritora mexicana, quizás no hay poeta que no se haya aventurado por los entresijos de la poesía amorosa. El amor late, sustancia primigenia, en los cimientos de la lírica de todos los tiempos. Sentimiento tan universal y sus avatares, impulsaron al ser humano a representar e intentar perpetuar en imágenes poéticas las emociones emanadas de su esencia.

Desde los orígenes de la poesía se advierte el canto de amor a Dios y sus representaciones, y la expresión de los amores oscuros o luminosos que pueblan la cotidianidad, ambos expresados en imágenes que dibujan un tú específico: Dios, la naturaleza, la patria, la familia, la pareja, el amigo, el entorno, rutinas o sueños... Cuando Bécquer se respondía la pregunta: “¿Y qué es poesía?”, estaba sintetizando el vital impulso amoroso que define al hecho poético. Esencia que se torna cuerpo en la interconexión y el diálogo con ese otro, que es externo al creador, pero lo completa. Ese tú se erige entonces no solo en definición, sino a la vez condición sine qua non de la creación lírica. El poeta escribe para alguien o algo y el amor es sustrato, impulso.

A pesar de que el amor condensa todas las relaciones de la creación lírica —algo que pudieran cuestionar algunos críticos más racionalistas—, las clasificaciones temáticas se han hecho necesarias a la hora de abordar el estudio de la poesía, y así, a partir del énfasis que otorga el poeta a determinadas ideas, podemos encontrar poesía amorosa, erótica, social, mística, existencial, de la naturaleza...

Si se realiza un balance de la proyección de tales tipologías que a lo largo de la historia se han venido configurando, advertimos que el tema amoroso y en particular el del amor a la pareja, resulta, quizás, uno de los más favorecidos. Esto ha traído como consecuencia, sin embargo, una acumulación de maneras y lugares comunes, estereotipos y fórmulas a la hora de plantearse el abordaje de semejante contenido literario. Evitar tales caminos trillados para acercarse a la figura amada, constituye un reto para los poetas de todos los tiempos, al procurar formas nuevas, sorprendentes o contrarias incluso al espíritu de época, que le han proporcionado al género indudables ganancias.

En los últimos tiempos los lectores de poesía y la crítica han notado cómo, en los libros de poesía, el tema del amor parece cada vez más esquivo, como si los poetas le temieran o lo considerasen un acto de debilidad estética. Otros motivos y preocupaciones se tratan hasta el cansancio, sin darse por agotados porque supuestamente vienen revestidos de un prestigio per se, relacionado con el intelectualismo, la profundidad y complejidad, mientras el tema del amor a la pareja queda preterido, o lo que resulta peor, se percibe como extemporáneo y neutralizado desde sus asociaciones emotivas primigenias. ¿El amor, o su emanación, la poesía amorosa, está en crisis? Para ganar en claridad, habría que desandar el porqué de una supuesta crisis dentro y fuera de la propia literatura. Sí parece obvio que los lectores modernos siguen buscando, necesitando aquellos poemas que supieron entregar a sus contemporáneos un Catulo, un Petrarca, un Dante, o más acá en el tiempo, Bécquer, Tagore, Neruda... por solo mencionar algunos imprescindibles que vertieron su experiencia interior en un canto original, trascendente y a la vez cercano.

Ileana Álvarez. Foto en revista Árbol Invertido

(Ciego de Ávila, Cuba, 1966). Graduada de Filología en la Universidad Central de Las Villas (1989). Máster en Cultura Latinoamericana. Directora editorial de la revista Videncia. Tiene publicados, entre otros, los títulos: Libro de lo inasible (1996), Oscura cicatriz (1999), El protoidioma en el horizonte nos existe (2000), Los ojos de Dios me están soñando (2001), Desprendimientos del alba (2001), Inscripciones sobre un viejo tapete deshilado (2001), Los inciertos umbrales (premio “Sed de Belleza”, 2004), Consagración de las trampas (premio “Eliseo Diego”, 2004), Trazado con cenizas (Antología personal. Ed. Unión, 2007), El tigre en las entrañas (Crítica, 2009), Escribir la noche (2011), Trama tenaz (2011) y Profanación de una intimidad (ensayo, 2012). Realizó Catedral sumergida, antología de poesía cubana escrita por mujeres (Ed. Letras Cubanas, 2014), donde por primera vez se publicó, en Cuba, un panorama tan amplio de autoras residentes dentro y fuera del país.

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