Bandos Rojo y Azul, una herencia cultural centenaria

Niños campesinos  del bando azul bailan

La más lejana referencia que conocemos de las fiestas de bandos en Cuba, data del 4 de Octubre de 1826 cuando:

El conde de San Fernando de Peñalver, muy opulento, dividió a la población de Guanabacoa en dos bandos, con los títulos de San Francisco y Santo Domingo, constituyendo en el primero un imperio en el que figuró como emperatriz su bella hija Micaela.

El conde de San Fernando de Peñalver, muy opulento, dividió a la población de Guanabacoa en dos bandos, con los títulos de San Francisco y Santo Domingo, constituyendo en el primero un imperio en el que figuró como emperatriz su bella hija Micaela.

Las fiestas duraron quince días, celebrándose lidias de gallos, bailes, cantos, timbas y cabalgatas fastuosas.

En cada una de las casas de baile se instalaron mesas de juego con capitales fabulosos, distinguiéndose entre todas la que había en la lujosa residencia del capitán Francisco de Pineda, luciendo una elegante carpeta de damasco rojo, en la cual se admitían solamente paradas de tres onzas para arriba y en donde se retaban lo mismo los condes de Cañongo, Prado Ameno y Casa Bayona, como militares, campesinos y otras autoridades.

En estas fiestas se derrocharon más de doscientos mil pesos y fueron las que más tarde se convirtieron en las de los bandos Azul y Punzó y continuaron celebrándose por algún tiempo, correspondiendo al bando Azul el barrio de San Francisco y el Rojo al de Santo Domingo.

Hemos citado “in extenso” estos párrafos extraídos del libro Apuntes históricos de Guanabacoa, de Elpidio de la Guardia, cuya edición se produjo en 1927, por su interesante y detallada exposición de las características que revistieron las primeras fiestas de bandos celebradas en nuestro país.

Otra referencia bibliográfica sobre este importante tema, la encontramos en la revista Archivos del folclor cubano, en un trabajo titulado “Los bandos de las fiestas populares cubanas”:

Nuestros literatos costumbristas y los historiadores locales de las publicaciones cubanas, nos recuerdan los bandos como elemento característico y aún persistente en las fiestas populares de Cuba.

Daremos en el presente número algunas páginas copiadas del muy interesante libro que acaba de publicarse con muchos datos inéditos, titulado “Aquellos tiempos”, por una escritora matancera (Dolores María de Ximeno, La Habana, 1928, con prólogo de Fernando Ortiz), referentes a los bandos de la juventud dorada de Matanzas al mediar el siglo XIX.

Por lo que se deriva de la obra de Dolores María Ximeno, las fiestas de bandos de Matanzas eran muy similares a las de Guanabacoa en lo que respecta a la coronación de una reina por cada uno de los bandos. Así lo confirma esta nota del periódico La Aurora, aparecida el 8 de Junio de 1855:

El capellán de honor de V.M. la reina del bando Azul ha contestado al nombramiento de su reina con la siguiente graciosa décima:

“Tu elección, Juanita hermosa,/ me hace el más alto favor / siendo el capellán de honor / de la reina más preciosa. / En tu palacio, orgullosa / sentada en tu trono ufana, / muestras tu faz, linda Juana / y en la playa y sus confines / coronen los paladines / a tan digna soberana”.

De estas festividades disfrutaba todo el pueblo, aunque separado por el muro discriminatorio existente en aquellos tiempos. El periódico matancero antes citado publicaba el 20 de Julio de 1855:

“La reunión de los Bandos”: Con este título se reparten papeletas de convite para el baile de personas de color que se va a dar el 22 del corriente en la Calzada de Tirry, esquina a la calle de la Merced.

Tienen también sus reinas punzó y azul, usando los vasallos de cada una las divisas correspondientes, las arañas que alumbrarán el salón estarán recargadas de cintas de los mismos colores, etc.

Se bailarán excelentes danzas, shotischs (sic), polkas que tocará una excelente orquesta. Entre las primeras se cuentan “Las delicias del bando Azul”, “La reina Lola” y “La reunión de los bandos”, esta última nueva.

En la medianía del siglo XIX, Juan Cristóbal Nápoles Fajardo (El Cucalambé), nuestro poeta bucólico por excelencia, también alude en su obra poética a la competencia de los bandos Azul y Punzó, pero aunque no podemos precisar en ella el lugar de su celebración, es presumible que lo fuera en Las Tunas, lugar de su nacimiento y en donde residió por tantos años. En sus versos alusivos a la contienda entre los bandos, nos dice:

Enaltece su color

 y de su reina los ojos

 delirando en su favor,

pero ya verán los rojos

al celeste triunfador.

                                              

De nuestro bando el valor

al Azul causará enojos;

pronto el celeste color

se prosternará de hinojos

ante el Punzó vencedor.

Es evidente, pues, que la elección de una reina se mantiene como en las manifestaciones de este fenómeno cultural en Guanabacoa y Matanzas, si bien en otros versos “y hay corceles de galucha / de notable ejecutoria”, nos conduce a pensar que la competencia de los bandos Azul y Punzó se limitaba, en los campos de su época, a los torneos de cintas y a las carreras de caballos.

Esta variante o modalidad de las fiestas de bandos tiene su explicación en la notoria pobreza del campesinado colonial, cuyas posibilidades económicas estaban muy distantes del lujo dispendioso con que se manifestaban en los centros citadinos de La Habana y Matanzas.

 

Las fiestas de bandos en Majagua

Desde los años iniciales del pasado siglo en el territorio avileño y particularmente en la jurisdicción actual del municipio de Majagua, no había fiesta bailable campesina que se respetara, donde no se incluyeran en el programa de actividades, las ceremonias bautismales para cristianar a los niños de las sitierías cercanas, el juego de pelota entre aficionados de la comarca y, por supuesto, no podía faltar el torneo de cintas entre los bandos Azul y Punzó,[1] para el cual se elegían sendas madrinas, nueva jerarquía o dignidad que vino a destronar las reinas del pasado monárquico.

Estas jóvenes y bellas guajiras, vestidas con los colores de sus bandos respectivos, eran las encargadas de prenderle al pecho del corredor de su bando que lograba “hacer argolla”, un pequeño lazo hecho con una cinta del color que defendían.

En las comunidades campesinas del actual territorio majagüense, ubicadas en Derramadero, Limones Palmero, Guayacanes, El Maíz, Las Vueltas, Cañada Honda, La Vega, El Mamonal, La Julia, Lázaro López y otras, la presencia de los bandos en los torneos de cintas se mantendría hasta los primeros años de la década del sesenta

Antes del surgimiento de los bailes guajiros en Majagua, existían precedentes de la competencia de bandos en el deporte, específicamente en el béisbol, donde también competían rojos y azules con sus respectivas novenas, versión a escala local de los grandes equipos nacionales Habana y Almendares que representaban dichos colores, respectivamente.

A fines de la década del veinte existían en Majagua dos sociedades “de instrucción y recreo” con membresía blanca: “Colonia Española” y “Unión Club”, la primera de las cuales agrupaba a los españoles y sus descendientes residentes en el poblado y a otros ciudadanos de diversa procedencia, tanto cubana como de otras nacionalidades. En el caso de la segunda, estaban afiliadas a ella, con carácter mayoritario, personas nativas del país.

En 1929, Pedro García Méndez, miembro reciente de la sociedad “Unión Club”, propuso a su junta directiva la celebración de una fiesta anual en la sede social a la cual se denominaría “baile guajiro” , donde podrían participar tanto asociados como invitados, sin el requisito de vestir “de cuello y corbata”, como se exigía para los bailes o fiestas “de reglamento”.[2] Previo a este evento, competirían dos comparsas, una roja y otra azul, en la interpretación de ciertos bailes campesinos[3] aprendidos por García en tierras villareñas.

Esta propuesta fue aprobada de inmediato por su evidente conveniencia económica, al asegurar una mayor afluencia de público, tanto por la menor rigidez en el vestuario, como por la atracción de la novedad festiva representada por la competencia de los bandos, celebrándose la primera presentación en el año de referencia.

El señor García Méndez había nacido en Sancti Spíritus el 17 de septiembre de 1882 y se avecindó con su esposa Paula Acosta en el Central Algodones (hoy Orlando González), en 1917, donde desempeñó una plaza de guardajurado.[4] En 1928 fijó su residencia definitiva en Majagua, barrio del que llegó a ser alcalde en años posteriores.

Era este hombre jovial y afable, poseedor de un don de gentes que le captaba simpatía y apoyo en la comunidad. Espirituano al fin, era buen bailador y cantante, lo que hoy llamaríamos un entusiasta promotor cultural.

Como el conde de San Fernando de Peñalver, quien “dividió en dos bandos a la población de Guanabacoa”, García hizo lo propio con los miembros de la sociedad majagüense y para dar el ejemplo a seguir en la puesta en práctica de su proyecto, comenzó por pedirle a sus nueve hijos que tomasen partido por el Azul o el Rojo, según sus libres voluntades y simpatías, sentando así las bases del espíritu de competencia característico de los bandos de Majagua. Así, formaron en las filas del Bando Rojo Aurora, Elena, Pilar y Mario. En el Bando Azul lo hicieron Irene, Alejandro, Carmelo, Pedro (Pucho) y Vicente.[5]

Las primeras comparsas que se presentaron, fueron dirigidas por el señor Pablo Sarmiento,[6] del bando Azul, y el propio señor García asumió la representación del bando Rojo.

No es difícil suponer la crítica situación financiera que atravesaban ambas instituciones bajo el doble efecto de las crisis política y económica bajo la tiranía de Gerardo Machado. La coexistencia de estas dos sociedades era prácticamente insostenible en un pueblo pequeño de escasas fuentes de empleo, situación que llevaría a sus dirigentes y asociados a realizar la unificación de ambas entidades, entre los años 1931- 1932, bajo un nuevo nombre: sociedad “Unión Latina”.

No se dispone de datos fidedignos que permitan describir en forma detallada la presentación de los bandos en la sociedad “Unión Club” el año inaugural, pero sí se conoce a través de fuentes documentales y personales, las características que tuvieron en su nueva sede de la sociedad “Unión Latina” desde sus primeros años, bajo la asesoría de su creador, en cuanto a música, bailes, personajes y otros particulares interesantes. Ello consistía en:

  • Celebración de una fiesta de carácter popular denominada “baile guajiro”, en la cual participaban asociados e invitados, posterior a la presentación de las comparsas de los bandos, amenizada por una orquesta con repertorio de música cubana tradicional.
  • Actuación previa a la fiesta de una comparsa roja y otra azul, compuesta por 25 ó 30 parejas cada una, cuyo vestuario debía ser pagado por los propios integrantes, quienes casi siempre recibían ayuda de simpatizantes del bando respectivo o de asociados con mayor holgura económica.
  • Estas comparsas competían entre sí en la interpretación de la música y los bailes campesinos introducidos por Pedro García y en los pasacalles[7] “Anda Pepe”, para el bando Azul; “Doña Joaquina”, para el bando Rojo.
  • Los instrumentos que utilizaban los grupos musicales acompañantes eran: guitarra, tres, bandoneón o acordeón, tambor, güiro, marímbula, claves y machete.
  • Cada comparsa encabezaba su paseo con dos personajes: Cuba y Liborio, quienes representaban a la patria y al pueblo cubano. El personaje de Cuba, vestido con la bandera nacional y tocado con el gorro frigio del escudo, remedaba aquellas idílicas litografías de comienzos de siglo, muy populares al instaurarse la república, y estaba encarnado por una mujer joven, trigueña, de cabellos largos y bellas facciones, aventajada estatura y buenas costumbres, este último requisito avalado por el consenso popular sobre la virginidad de la elegida. La personificación de Liborio debía imitar con la mayor fidelidad posible, la imagen de su homónimo creado por Ricardo de la Torriente para representar al pueblo cubano, popularizado en el semanario La política cómica (1906-1935). La estatura de este personaje debía ser menor que la de su pareja.
  • Otro componente obligado de la comparsa era la pareja de viejos, representada por personas jóvenes, cuya caracterización debía ser convincente en cuanto a imagen, gestos y expresión oral, que remedaría la de ancianos guajiros. Un elemento muy importante era la exigencia de que ambos personajes iniciaran todos los bailes con pleno dominio de ellos, aunque con cierta caricaturización.
  • Como se ha dicho, cada bando tenía un estribillo con música parecida, pero distinta letra, para acompañar el paseo de su comparsa, tanto en su entrada como en su salida. Bando Rojo: “Doña Joaquina, ponte en vela / que la yegua se te va”. Bando Azul: “Anda, Pepe, monta atrás / que la yegua se te va”.
  • El diseño y la confección del vestuario, así como sus aditamentos y cualquier otra iniciativa en cuanto a música, bailes o personajes, eran mantenidos en el más riguroso secreto por cada bando y tampoco se permitía la presencia de personas del bando rival o sospechosas de sus simpatías, en los ensayos previos a la fiesta.
  • El paseo de cada comparsa se iniciaba en la calle, una o dos cuadras antes de la sede social, presidido por los personajes de Cuba y Liborio, quienes montados sobre una rastra tirada por bueyes, hacían el recorrido de pie y con los rostros serios, como reflejo de la azarosa vida republicana. Una sonrisa imprudente de cualquiera de los miembros de la pareja, especialmente de la “Cuba”, podía implicar, como sucedió a veces, la derrota de un bando por infringir tan rígido precepto. Les seguía la pareja de viejos y detrás los demás comparsantes, bailando el “Anda, Pepe” o el “Doña Joaquina”, según el caso.
  • Al llegar a la puerta principal de la sociedad, Cuba y Liborio descendían de la rastra y caminaban hasta colocarse en la entrada del salón. La comparsa se situaba inmediatamente detrás de ambos personajes y al cesar la música acompañante, era entonado el himno nacional por todos los presentes.
  • Seguidamente Cuba y Liborio recitaban sendas décimas alusivas a la fiesta o de tema patriótico y a continuación hacía sus evoluciones la comparsa con la pareja de viejos al frente. Después de esta coreografía de entrada, se interpretaban los distintos bailes.
  • Es preciso aclarar que tanto el baile de “El papalote” como el de “El gavilán”, requerían una caracterización especial. En el primer caso, la niña o mujer que lo interpretara debía llevar sobre pecho y espalda sendos papalotes de tela y en el segundo, el hombre (cazador) iba provisto de una escopeta, mientras que su pareja llevaba un disfraz hecho de plumas, imitando a esta ave rapaz.
  • Una vez concluida la actuación de un bando, seguía la del otro, con idéntico ritual y repertorio, si bien con alguna que otra variante distintiva para tratar de aventajar a su rival.
  • La delicada misión de decidir el bando que había resultado triunfador, estaba encomendada al director de la orquesta contratada para amenizar el baile que seguía a la presentación de ambas comparsas, cuyo fallo era inapelable y, refunfuños más o menos, acatado por todos.

 

Salvo los últimos años de la tiranía batistiana, el baile guajiro o la fiesta de los bandos mantuvo su celebración con bastante regularidad, en los salones de la sociedad “Unión Latina”.

 

Los Bandos después del triunfo de la Revolución

Después del triunfo de la Revolución, los bailes guajiros continuaron celebrándose hasta 1960. Un año después ocurre la disolución de la sociedad “Unión Latina” y con ella, la suspensión de estos eventos.

A mediados de los años sesenta llega a Majagua el instructor de danza Ángel Morán Paz, recién graduado de la Escuela Nacional de Instructores de Arte, quien, con aguda percepción, descubrió enseguida el promisorio filón cultural que los bailes guajiros significaban y sus infinitas posibilidades de desarrollo en el ámbito musical y danzario.

Con sus conocimientos técnicos y apoyándose en la experiencia de jóvenes y viejos adeptos de los bandos, Morán logra organizar un grupo de artistas aficionados denominado “Cabalgata guajira”, en cuyo repertorio incluye música y danza de las fiestas majagüenses, agrupación que por su originalidad y calidad artística obtiene de inmediato reconocimientos destacados a escala provincial y nacional.

Con la colaboración de los integrantes de su grupo, casi todos simpatizantes de uno u otro bando, el joven instructor logra revivir el interés de la comunidad por recatar su fiesta mayor y ya en 1966 se produce la presentación de los bandos Azul y Rojo, después de varios años de inactividad, en el local de la vieja sociedad “Unión Latina”, devenida Círculo Social Obrero, pero esta vez con todo el pueblo integrado a la fiesta: negros, blancos y mulatos, divididos sólo por las simpatías hacia uno u otro color y unidos indisolublemente bajo el signo de una cultura integradora, de auténtica raíz popular.

En 1967, por su iniciativa, se presentan de nuevo los bandos en el paseo de Martí, ya que el alto número de participantes hacía imposible continuar utilizando los salones de su antigua sede.

Seis años más tarde, en 1973, ocurre un acontecimiento que habría de repercutir fuertemente en la difusión de nuestra cultura popular tradicional campesina: junto a Héctor Ruiz Pérez (Tico) y a otros artistas aficionados majagüenses procedentes del grupo “Cabalgata guajira”, Ángel Morán funda el Conjunto Artístico XX Aniversario, en cuyo repertorio están presentes nuestros bailes tradicionales, los cuales sin perder su prístina frescura, muestran una elaboración artística que los renueva y enriquece.

Obviamente, no es el objeto de este trabajo resaltar los excepcionales méritos y reconocimientos acumulados por esta agrupación en su fecunda trayectoria por escenarios nacionales e internacionales, pero de ningún modo podemos soslayar el papel protagónico que ha desempeñado en el perfeccionamiento, desarrollo y divulgación de las fiestas de bandos de Majagua.

En 1976, tras la creación de los poderes populares se hizo una presentación más bien simbólica en saludo a este acontecimiento político. En 1980 y hasta 1982 se realiza de nuevo la competencia azulirroja, apoyada decisivamente por la dirección y los integrantes del Conjunto Artístico XX Aniversario, concluyendo con esta presentación la primera etapa de los bandos después del triunfo revolucionario, caracterizada por una incipiente voluntad de mantener la tradición, pero sin modificar sustancialmente la estructura concebida para ellos más de medio siglo atrás.

El año 1983 marca un cambio muy significativo en la concepción y desarrollo de los bailes guajiros, ahora más conocidos por la fiesta de los bandos, generado por la demanda de un gusto estético más exigente por parte del pueblo, poseedor de un mayor nivel de educación y, por tanto, un poder de apreciación de los fenómenos culturales de más alto rigor crítico.

Se inicia esta etapa, que se extiende hasta 1989, con una mayor comprensión por parte de la dirección de cultura y del gobierno, de la importancia de nuestra fiesta guajira, de lo cual dimana una serie de cambios que, sin desvirtuar la esencia del evento inicial, amplió su horizonte y abrió las puertas de su desarrollo ulterior.

Estos cambios o medidas pueden resumirse en:

  • Reorganización de las direcciones de los bandos.
  • Incremento de la ayuda financiera por parte del gobierno, para la adquisición de telas y otros materiales necesarios para el desarrollo de la fiesta.
  • Aumento de la parejas de baile participantes (han llegado a más de cien por cada bando), dada la mayor disponibilidad de telas para los vestidos, pañuelos y otros accesorios indispensables.
  • Concepción de la fiesta como un espectáculo integral a partir de una temática dada, dentro del marco de una época prefijada, cuyo desarrollo puede realizarse en varias locaciones.
  • Redacción y aplicación de un reglamento metodológico que contempla todas las actividades que muestran las comparsas en su presentación, con asignación de puntos para cada manifestación, dentro de una escala de 100, para servir de base a la evaluación del jurado.
  • Selección de un jurado con alta especialización en cada una de las manifestaciones artísticas presentes en la competencia, para propiciar fallos más justos.
  • Dotación de un escenario central más amplio, acorde con la cantidad de actores y espectadores de la fiesta.
  • Manejo adecuado de los recursos escenográficos en función de la temática desarrollada por cada uno de los bandos.
  • Posibilidad de aumentar la cantidad de bailes, números musicales, personajes y otros temas del folclor campesino, fundamentando su autenticidad.
  • Teatralización del espectáculo, hasta entonces muy monótono por incluir sólo música y bailes, para darle mayor atractivo y amenidad.
  • Exigencia de mayor rigor en la caracterización y proyección de los personajes presentados, tanto tradicionales como ocasionales.
  • Presencia en el espectáculo del “punto de parranda” como elemento fundamental de la cultura musical campesina del municipio.
  • Revitalización de las actividades colaterales como el torneo, el juego de pelota y el desfile de la caballería junto a las comparsas de los bandos.
  • Formación y actuación de congas populares surgidas de cada bando, para estimular a sus partidarios en el tiempo de ensayo previo a la competencia.
  • Presentación de las comparsas de niños, representativas de cada bando, como garantes de la continuidad de las tradiciones culturales del pueblo.
  • Utilización de todos los medios de propaganda disponibles (telas, carteles, vallas, amplificadores, etc.) por cada uno de los bandos para promover sus actividades, cuyo código ético no escrito, impide que se aluda al adversario en forma despectiva o hiriente.
  • Celebración de fiestas después de la competencia por parte de los integrantes de cada bando, como estímulo al trabajo realizado durante el año.

Tras el comienzo del Periodo Especial

A partir de 1990, y debido a las carencias materiales que ha traído consigo este período, se decidió suprimir la institución del jurado y cada bando presentaba su espectáculo ante el pueblo a su libre voluntad, sin que mediara reglamento alguno que organizara y regulara la actuación de las comparsas respectivas, lo cual se tradujo en una sensible decadencia del nivel artístico en todas las manifestaciones presentes en las actuaciones y un notable descenso en el interés por la fiesta de los seguidores de cada bando, al suprimirse el incentivo de la competencia.

En 1998 se restablece el sistema de jurados en la competencia hasta el 2012 inclusive, con excepción de los años 1999, 2003, 2006 y 2008, en que no se compitió por suspensión de la semana de la cultura por causas de fuerza mayor.

Tengamos fe en la fuerza de la tradición, en el amor y en la voluntad de mantener y engrandecer estas fiestas que son la entraña misma de este pueblo azulirrojo o rojiazul, defensor tenaz de nuestra identidad, con el escudo y la espada de su cultura.

 

[1] Antiguo sinónimo del color rojo

[2] Bailes de salón establecidos por el Reglamento Interno de la Sociedad con carácter fijo.

[3] Entre ellos El zapateo, El Zumbantonio, El Gavilán, La caringa, etc.

[4] Especie de vigilante pagado por las entidades particulares para su protección.

[5] Entrevista realizada a Irene García Acosta en 1988.

[6] Propietario de la librería El Pensamiento. Padre del poeta majagüense Hector Faustino

 Sarmiento Viciedo.

[7] Música y baile acompañantes de las comparsas durante el paseo por la calle y a la entrada y salida de la Sociedad.

Escritor Gilfredo Boán pina en revista Árbol Invertido

(Majagua, Ciego de Ávila, Cuba, 1937).  Poeta e investigador literario. Publicó los decimarios Rimas criollas (Noviembre de 1959, Imp. Gútemberg, Ciego de Ávila), Al hombro la poesía (Ed. Ávila, 2000), y No dejen volar al buey, décimas humorísticas (Ed. Ávila, 2006). Ha obtenido premios y menciones en concursos nacionales. Antologado en Tamarindo dulce (Ed. Ávila, 1997), Antología de la decima cósmica avilena, de Francis Sánchez (Frente de Afirmación Hispanista, México, 2002) y La sombra en la espiga canta, Antología de la décima popular avileña, de Francis Sánchez (Ed. Ávila, 2004) y Esta cárcel de aire puro. Panorama de la décima cubana (Casa Editora Abril, 2010). Creador de grupos de parrandas que cultivan el “Punto Camagüeyano”. Es guionista de las tradicionales Fiestas de los Bandos Rojo y Azul que desde 1929 se celebran cada año en el poblado de Majagua. Recibió el Premio Nacional de Cultura Comunitaria. Se destaca por la labor realizada en el rescate y preservación de los valores de la cultura campesina.

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