Autentico indio (todavía) pinta en el fondo de Cuba

Artista Remigio. Foto: Francis Sánchez

Nació en un kiosco abandonado, donde su madre hallaba refugio temporalmente, y desde entonces ha vivido pendiente de la textura de los elementos naturales, la trama o el drama que se palpa en los objetos rotos pero vivos, los que conservan calor humano. Es Raúl Remigio Hernández Recio (Morón, 1952), pero la mayoría de sus vecinos, en el callejón donde reside, en su ciudad natal, lo conocen sólo por su segundo nombre, y —de acuerdo con sus apariencias— no precisamente como un artista formal.

Era un niño y ya, en vez de aprender a escribir, llenaba su cartilla de figuritas. Cuando afirma que el arte lo salvó para la vida, trata de recordar que, en el umbral de la adultez, estuvo a punto de verse confinado a un hospital psiquiátrico. Sin embargo, no alude a la salida de la pobreza ni a la entrada en un mundo con las proporciones seguras de la academia, porque ni lo uno ni lo otro se propuso desde que recibió sólo algunas nociones de pintura, fundamentalmente dibujo, allá por principios de los años 70. Lo poco que aprendió sería suficiente para quedarse a solas entre su imaginación y sus necesidades expresivas, y convertirse en un artista naif, espontáneo, anclado en una relación más directa con la naturaleza suburbana que con el medio cultural de su país.

Hoy no pude decirse que habite una casa, se trata más bien de una telaraña de su propia imaginería en una covacha mal apuntalada, donde se intensifican su sentido de lo íntimo y los colores vivos, los trazos gruesos, que intentan cubrir una capa dura de soledad y escaseces. Aquí se yuxtaponen pinturas, esculturas, instalaciones, símbolos y frases. Ha convertido cada tabla, cada piedra recogida del camino, cada pedacito de zinc o cartón —elementos unidos al parecer con hilos de aire— en obras y paisajes de su alma, arreglándoselas para resistir como la última especie de su propio mundo. Es una suerte de galería primitiva, residual y en crecimiento permanente hacia adentro.

Esta, su «casa», a la que identifica con el sugerente nombre de Museo del Sacrificio, por sus precariedades no parece preparada para soportar el embate de una discreta borrasca. Transeúntes despistados pudieran considerarla otra madriguera de un loco que sobrevive entre objetos en desuso y signos incoherentes. Las apariencias engañan. Esta vez se trata de un artista verdadero.

Verdadero, porque la vida quizás le ha dado la espalda a Remigio, muchas veces, y el éxito y el dinero le han sido esquivos, pero sobre todo él es quien ha mantenido suficiente vergüenza, densidad espiritual, voluntad creativa y fantasía para darle la espalda a fuerzas negadoras. En primer lugar, rechazó el pozo del pesimismo, en cuyas aguas amargas parece que nunca se haya mirado un hombre casi sin ropa, pero que siempre sonríe, y que jamás ni por asomo se acerca al alcoholismo.

En segundo lugar, le ha devuelto el desdén a quienes administran arbitrariamente poder y éxito. Su existencia no conoce esas migajas con que se rodean los oportunistas. Salta a la cara el hecho de que, donde vive, en la ciudad de Morón —cerca de Cayo Coco y su red de hoteles—, economía, arte y artistas medran mayoritariamente en el negocio de prestarle servicio barato a turistas que andan en busca de suvenires. Pero Remigio no. Y nunca ha dejado de crear, a pesar de carecer de recursos.

Remigio no tiene empleo fijo, ni cobra pensión. Casi ni recuerda la época en que trabajaba para la Empresa Provincial de Medios de Propaganda hasta que quedó excedente. Cocina con leña. Duerme en un catre destartalado, apenas posee con qué cubrirse del frío y algún par de zapatos donde meter sus pies para salir a la calle todos los días a ganarse la vida. Hace letreros, rótulos, y lo que le pida la gente, como sacar un retrato a una quinceañera o pintar algún paisaje bucólico. Por su carácter tan asequible, a la postre sus obras ocupan anónimamente la mayoría de los espacios públicos donde se ha requerido decoración, lo mismo una clínica, una estación de bomberos o una iglesia.

No gana mucho, por supuesto, a veces se conforma si le permiten quedarse con las sobras de los materiales utilizados, un poquito de óleo o unos pinceles, sólo para volver a su «casa» y, una vez allí, poder pintar lo que prefijan sus complejas devociones, moviéndose entre la sensibilidad fácil y una imaginación volandera, a veces casi surrealista.

En su Museo... prima, al estilo del más tradicional primitivismo, el uso del dibujo y el retrato en función de una iconografía popular. Se vanagloria de captar con exactitud los rasgos de sus modelos. Hay figuras representativa de la religiosidad, entre elementos alusivos a la historia de Cuba, junto con los ídolos de su altar individual: la madre a la que cuidara hasta el último momento, una hija de la que no ha vuelto a saber desde que se casó y emigró a Estados Unidos hace muchos años, la esposa recientemente fallecida... En el marco de estas referencias existenciales, destacan sus apropiaciones de obras maestras del arte universal, como su Maja desnuda y su Gioconda o Mona Lisa, esta última en un trozo de zinc viejo. El poste por donde baja el cable de la electricidad, está disimulado detrás de una figura de Cristo en la cruz.

Remigio no pertenece a la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba), a pesar de que los miembros de esta organización y quienes la dirigen, en su ciudad, son los primeros que reconocen su valor.

«Es tan espontáneo que no es capaz de organizar un currículo para lograr ser miembro de la UNEAC. De nosotros depende ayudarlo», ha afirmado Alfredo Abréu, presidente de la institución a nivel municipal. Que él constituye un «hecho artístico» de los más interesantes, asegura Noel Buchillón —quien fuera una vez su primer y único profesor— y que teme no se preserve su Museo del Sacrificio después de su muerte. Mientras, Remigio, con expresión que parece provenir siempre desde un poco más allá de la realidad, dice que se ve a sí mismo «como un indio que pintaba en las cuevas».

Las anteriores declaraciones aparecen en el documental «Remigio, el Van Gogh de Morón y el Museo del Sacrificio» (2013), realización de Fernando Sánchez (Ciego de Ávila, 1958), sin duda el mayor reconocimiento recibido por el singular artista en su anónima y ardua vida. «Parece que diosito miró hacia abajo y se acordó de mí», dice en alusión al resultado visual logrado por el documentalista después que llegara sorpresivamente a su vivienda: un corto de 12 minutos de duración que hace posible que muchos a partir de ahora, incluso quienes creían conocerlo, lo descubran.

Nada pide, sólo ruega a Dios que le de fuerza para crear. Pero a la pregunta de si se siente atendido, alega: «No [...] porque inclusive Van Gogh pasó un trabajo tremendo y yo veo que tenía con qué pintar, con óleos, y pintó quinientos cuadros, y yo no tengo ni lienzo...»

El documental ilumina recovecos de su «casa» —lo que él llama el Museo del Sacrificio y constituye el rastro y el monumento de su vida interior—, sacando a la luz obras hasta ahora sumidas en la sombra, el polvo y el humo. Pero nada tan interesante como oírlo explicarse, mirándolo a los ojos, sin poses de pretensiones largamente aplazadas, con plenitud natural, desarrollando entre anécdotas su filosofía sobre la vida y el arte. Remigio articula y confunde los límites entre la realidad y sus representaciones visuales.

«Yo me quedo, en la pintura, con ese servicio que tengo —dice, mientras apunta al fondo del patio, hacia una letrina de tablas casi destruida— y el platanal a la orilla, que no con uno de la shoping. Más claroscuros tiene este que aquel, porque tú sabes que aquel son paredes planas y no tiene claroscuros».

 Termina emocionando el «personaje» de este relato fílmico, en la medida que convence a partir de su ingenuidad, pero también su probada autosuficiencia, porque sin duda sabe qué hace, quién es, qué quiere... Al verlo, resulta inevitable leerlo como una metáfora. Puede constituir otra metáfora del alma ideal del artista en medios hostiles, condenada a concomitar con la basura, la locura y la marginalidad, valgan las redundancias. Puede ser otra «metáfora viva» de la resistencia o el sacrificio de los «pobres de la tierra», con los que Martí llamaba a echar la suerte y Cristo a entrar al cielo.

En un momento sutil del documental, dice «A mí la muerte no me convence». Se omite entonces un dato: la llegada de los Testigos de Jehová a su vida, devenidos últimamente en su única compañía segura, pero que junto con el consuelo y el apoyo también le han traído, lógicamente, nuevas dudas y angustias, empezando por la necesidad de encontrarle otro sitio a imágenes vistosas como las de la Virgen de la Caridad del Cobre, de las que siempre se ha rodeado y que, como se sabe, no agradan a los Testigos. Sobre estas turbulencias, se sostiene el alma pura con la idea de vivir, pero también incluso morir, no del arte, sino para el arte:

«Yo he hecho esta pregunta —le cuenta a la cámara, obviamente aludiendo a un contacto con algún evangelizador—: ¿en la nueva resurrección, ahí, yo podré seguir pintando, que yo vea los colores, vea el camino, la vereda, el trillo...? Y entonces me he sentido alegre, porque me han dicho que sí, que ahí voy a pintar incluso mejor de lo que pinto».

Francis Sánchez. Foto en revista Árbol Invertido

(Ceballos, Ciego de Ávila, Cuba, 1970). Lic. Estudios Socioculturales. Máster en Cultura Latinoamericana. Perteneció a la UNEAC desde 1996 hasta su renuncia el 24 de enero de 2011. Fundador de la Unión Católica de Prensa de Cuba en 1996. Ha sido redactor fundador de la revista católica Imago (1996-2001) y Jefe de Redacción de la revista cultural Videncia. Dirige la revista independiente Árbol Invertido. Autor, entre otros, de los libros Revelaciones atado al mástil (1996), El ángel discierne ante la futura estatua de David (2000), Música de trasfondo (2001), Luces de la ausencia mía (Premio “Miguel de Cervantes de Armilla”, España, 2001), Dulce María Loynaz: La agonía de un mito (Premio de Ensayo “Juan Marinello”, 2001), Reserva federal (cuentos, 2002), Cadena perfecta (cuentos, premio “Cirilo Villaverde”, 2004), Extraño niño que dormía sobre un lobo (poesía, 2006), Caja negra (poesía, 2006), Epitafios de nadie (poesía, 2008), Dualidad de la penumbra (ensayo, 2009) y Liturgia de lo real (ensayo, premio “Fernandina de Jagua”, 2011).

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